
No sé exactamente en qué momento ocurrió.
Quizá fue cuando empezamos a necesitar una aplicación para controlar cuánto usamos las otras aplicaciones.
O cuando mirar el móvil mientras vemos la televisión dejó de parecernos extraño.
O cuando empezamos a escuchar un podcast mientras caminamos, responder mensajes mientras comemos y consultar el correo mientras esperamos a que hierva el agua.
Puede que no hubiera un momento concreto.
Simplemente fue pasando.
Poco a poco.
Hasta que un día nos encontramos viviendo con demasiadas cosas entrando constantemente en nuestra cabeza y muy pocas saliendo de ella.
Notificaciones.
Mensajes.
Noticias.
Correos.
Audios de WhatsApp.
Recordatorios.
Listas.
Citas.
Contraseñas.
Fotos que deberíamos ordenar.
Series que deberíamos ver.
Libros que deberíamos leer.
Lugares a los que deberíamos ir.
Y, por supuesto, ese vídeo de una señora australiana organizando perfectamente un cajón de especias que ahora, por algún motivo, necesitamos ver hasta el final.
La vida moderna se nos está yendo de las manos.
Y creo que ya lo estamos notando.
Tenemos más facilidades que nunca y estamos agotadas
Hay algo bastante contradictorio en todo esto.
Nunca habíamos tenido tantas cosas diseñadas para hacernos la vida más fácil.
Podemos comprar sin salir de casa.
Hablar con alguien al otro lado del mundo.
Trabajar desde cualquier sitio.
Encontrar cualquier información en segundos.
Pedir comida.
Reservar una cita.
Enviar dinero.
Escuchar prácticamente cualquier canción que se haya grabado.
Todo desde un aparato que cabe en un bolsillo.
Es extraordinario.
Y, al mismo tiempo, muchas vivimos con la sensación de que no llegamos a nada.
Tenemos herramientas para ahorrar tiempo y nunca parece sobrarnos tiempo.
Tenemos más formas de comunicarnos y contestar mensajes se ha convertido en otra tarea pendiente.
Tenemos entretenimiento ilimitado y a veces ni siquiera sabemos qué nos apetece hacer.
Tenemos más posibilidades que nunca y quizá precisamente por eso estamos permanentemente tomando decisiones.
No creo que el problema sea que la vida moderna sea mala.
El problema es que no tiene botón de cierre.
Ya casi no quedan momentos vacíos
Antes había pequeños momentos en los que no pasaba nada.
Esperabas el autobús.
Hacías cola.
Ibas en el ascensor.
Llegabas cinco minutos antes.
Esperabas a que alguien apareciera.
Te sentabas un momento después de comer.
No eran acontecimientos memorables.
Eran simplemente huecos.
Ahora casi todos esos huecos tienen algo dentro.
Sacamos el móvil.
Miramos algo.
Respondemos algo.
Leemos algo.
Vemos un vídeo.
Y cuando termina aparece otro.
Y otro.
Y otro.
No quiero idealizar el aburrimiento como si antes de los smartphones todos estuviéramos contemplando serenamente las nubes y conectando con nuestro mundo interior.
También nos aburríamos muchísimo.
Pero quizá ese aburrimiento tenía una función.
Dejaba un poco de espacio.
Para pensar.
Para mirar alrededor.
Para imaginar.
Para tener una idea.
O simplemente para no recibir nada nuevo durante cinco minutos.
Ahora recibir cosas nuevas es el estado por defecto.
El problema no es solo el móvil
Sería cómodo echarle toda la culpa al teléfono.
Lo dejamos en otra habitación, compramos un despertador analógico y solucionado.
Pero no funciona exactamente así.
También está la forma en la que hemos aprendido a vivir.
La sensación de que siempre podríamos estar haciendo algo.
Aprovechando algo.
Mejorando algo.
Organizando algo.
Incluso nuestras aficiones han empezado a parecer proyectos.
Corremos y medimos kilómetros.
Leemos y contamos libros.
Dormimos y puntuamos el sueño.
Caminamos y contamos pasos.
Cocinamos y fotografiamos el resultado.
Visitamos un sitio y pensamos en cómo contarlo.
Descansamos para rendir mejor después.
Hay momentos en los que parece que ya no vivimos nuestra vida: la gestionamos.
Y gestionar una vida entera da bastante trabajo.
Hasta descansar se ha convertido en una tarea
Cuando sentimos que no llegamos, buscamos una solución.
Una agenda mejor.
Un método nuevo.
Una aplicación.
Un sistema de productividad.
Una rutina de mañana.
Una rutina de noche.
Un vídeo titulado «cinco hábitos que cambiarán tu vida».
Y de pronto tenemos otra lista.
No tengo nada contra las listas.
Utilizo muchas.
El problema aparece cuando incluso cuidarnos empieza a parecer algo que tenemos que ejecutar correctamente.
Meditación.
Ejercicio.
Lectura.
Beber agua.
Dormir ocho horas.
Journaling.
Diez mil pasos.
Respirar.
Por favor, que no se nos olvide respirar.
Quizá no necesitamos incorporar continuamente nuevas cosas para sentirnos mejor.
Quizá algunas veces necesitamos quitar.
Hacer cosas que no sirven para nada
Esta idea me interesa especialmente.
Hacer algo sin intentar sacarle rendimiento.
Colorear una página.
Escribir una carta.
Hacer un collage.
Plantar algo.
Leer una revista.
Tejer.
Cocinar porque te apetece.
Quedar con alguien sin fotografiarlo.
Dar una vuelta sin aprovechar para aprender nada.
Hacer algo con las manos y que el resultado sea regular.
Incluso malo.
Y que no pase absolutamente nada.
Tenemos tan interiorizada la idea de aprovechar el tiempo que hacer algo simplemente porque nos gusta puede parecer casi irresponsable.
Pero quizá necesitamos precisamente eso.
Tiempo que no tenga que justificar su existencia.
Volver al papel en un mundo de pantallas

No creo que el papel tenga propiedades mágicas.
Pero tiene una ventaja bastante importante:
no puede hacer veinte cosas a la vez.
Un libro no vibra.
Una carta no te enseña una notificación mientras la lees.
Una página para colorear no decide de repente que quizá también te interesa ver un vídeo sobre cinco colores que deberías utilizar esta temporada.
El papel espera.
Está ahí.
Y cuando haces algo con él, durante unos minutos existe una única cosa delante de ti.
Por eso me interesa tanto.
Libros.
Cartas.
Lápices.
Cuadernos.
Tijeras.
Pegamento.
No porque quiera vivir en el pasado.
Sino porque hay cosas antiguas que siguen solucionando problemas muy modernos.
También necesitamos volver a hacer cosas juntas

Hay otra paradoja curiosa.
Estamos conectadas todo el día y muchas veces nos falta conexión de verdad.
Sabemos qué ha desayunado alguien a quien no vemos desde 2017, pero llevamos tres meses intentando encontrar una fecha para tomar un café con una amiga.
Mandamos corazones.
Audios.
Memes.
Fotos.
Y todo eso está bien.
Pero sentarte alrededor de una mesa con otras personas sigue siendo otra cosa.
Crear juntas.
Hablar.
Reírse.
No saber hacer algo.
Preguntar.
Compartir materiales.
Estar durante dos horas en el mismo sitio.
Por eso me interesan también los talleres y los encuentros.
No solo por lo que hacemos en ellos.
Por lo que ocurre mientras lo hacemos.
No quiero irme a vivir a una cabaña (de momento…)
Cada vez que hablamos de vivir con más calma aparece una fantasía parecida.
Una casa en medio del campo.
Un huerto.
Pan hecho en casa.
Mucho lino.
Muy buena luz.
Y probablemente un perro mirando pensativamente por una ventana.
Suena fenomenal.
Pero la mayoría tenemos una vida aquí.
Trabajo.
Familia.
Hipoteca o alquiler.
Colegio.
Padres.
Correos.
Supermercado.
Tráfico.
WhatsApp.
Una lavadora que acaba justo cuando por fin nos habíamos sentado.
No me interesa una filosofía que solo funcione si desaparecemos de nuestra propia vida.
Me interesa otra pregunta:
¿cómo podemos sentirnos un poco mejor dentro de la vida que ya tenemos?
Sin cambiarlo todo.
Sin convertirnos en otra persona.
Sin empezar una revolución personal el lunes por la mañana.
Quizá necesitamos recuperar pequeñas parcelas de nuestra vida
Diez minutos sin teléfono.
Una página coloreada.
Una carta que llega al buzón.
Una tarde haciendo algo con las manos.
Una conversación larga.
Un hobby que no pensamos monetizar.
Un paseo sin auriculares.
Una sobremesa.
Una mesa llena de papeles.
Un rato en el que no estamos intentando convertirnos en nuestra mejor versión.
No parecen grandes cosas.
Precisamente por eso son posibles.
Y quizá ahí esté la clave.
Porque cuando todo parece demasiado grande, lo pequeño vuelve a ser importante.
De aquí nace Mapi Letosa
Todo lo que hago parte de esta sensación.
De mirar alrededor y pensar:
la vida moderna se nos está yendo de las manos.
No quiero demonizar la tecnología.
Ni volver atrás.
Ni convencerte de que deberías vivir despacio a todas horas.
Quiero explorar otra manera de estar dentro de esta vida.
Con algo menos de ruido.
Más papel.
Más creatividad.
Más cosas hechas con las manos.
Más conversaciones.
Más ratos propios.
Más cosas que no necesitan servir para nada.
Por eso creo libros para colorear.
Por eso escribo cartas que llegan al buzón.
Por eso organizo talleres.
Y por eso existe Menos ruido.
No para encontrar la fórmula definitiva de una vida perfecta.
No creo que exista.
Sino para recordar algo que se nos puede olvidar entre tanta cosa pendiente:
la vida no es únicamente todo lo que tenemos que hacer.
También es lo que ocurre mientras estamos aquí.
Y quizá podamos empezar por prestarle un poco más de atención.
Menos ruido. Más vida real.
No vamos a apagar el mundo.
Probablemente tampoco hace falta.
Pero sí podemos recuperar pequeñas parcelas de nuestra vida.
Un poco menos de scroll.
Un poco más de papel.
Un poco menos de prisa.
Un poco más de conversación.
Un poco menos de hacer por hacer.
Un poco más de estar donde estamos.
Nada revolucionario.
Y quizá precisamente por eso pueda funcionar.
Menos ruido. Más vida real.
Si te apetece seguir por aquí, en Menos ruido escribo sobre móvil, atención, creatividad, papel, ruido mental y esas pequeñas cosas que podemos recuperar dentro de una vida normal.
Y si te apetece hacer algo en lugar de seguir leyendo: