Ruido mental: cuando por fin paras, pero tu cabeza no

Hay momentos en los que técnicamente estás descansando.

Estás sentada en el sofá.

No estás trabajando.

No estás llevando a nadie a ningún sitio.

No tienes nada especialmente urgente entre manos.

Y, sin embargo, tu cabeza sigue como si tuviera diecisiete pestañas abiertas.

Acordarte de pedir una cita.

Responder aquel mensaje.

Mirar si queda detergente.

Pensar qué vas a hacer mañana.

Recordar algo que dijiste hace tres días y que ahora, por algún motivo, tu cerebro ha decidido analizar otra vez.

Buscar una cosa en el móvil.

Abrir otra.

Volver a la primera.

Y terminar pensando:

¿Por qué estoy cansada si se supone que no estoy haciendo nada?

Eso es, en buena parte, lo que llamamos ruido mental.

Y no sé si la vida moderna se nos está yendo completamente de las manos, pero desde luego silenciosa no se está volviendo.

Qué es el ruido mental

No hace falta darle una definición demasiado complicada.

El ruido mental es esa sensación de tener demasiadas cosas ocupando espacio en la cabeza al mismo tiempo.

Pendientes.

Información.

Decisiones.

Conversaciones.

Recordatorios.

Noticias.

Cosas que queremos hacer.

Cosas que deberíamos hacer.

Cosas que no deberíamos olvidar.

Y alguna preocupación que no había sido invitada, pero ha decidido quedarse igualmente.

El problema no es pensar.

Pensar viene bastante bien.

El problema aparece cuando no dejamos de recibir estímulos suficientes como para poder terminar un pensamiento antes de que llegue el siguiente.

Y ahí la vida moderna tiene bastante que ver.

Por qué la vida moderna nos deja la cabeza llena

Nunca habíamos tenido tantas cosas pequeñas reclamando nuestra atención.

No hace tanto, si estabas esperando cinco minutos en algún sitio, esperabas.

Ya está.

Mirabas alrededor.

Te aburrías.

Leías un cartel.

Pensabas en tus cosas.

Ahora tenemos una máquina en el bolsillo capaz de rellenar absolutamente cualquier hueco.

Dos minutos en una cola: móvil.

Esperando a alguien: móvil.

Anuncios de la televisión: móvil.

Antes de dormir: móvil.

Nada más despertarnos: móvil.

Incluso mientras vemos una película, a veces cogemos el teléfono porque aparentemente una pantalla ya no es suficiente pantalla.

Y no es que el móvil sea el culpable de todos nuestros males.

Sería demasiado fácil.

También están el trabajo, la familia, las obligaciones, la cantidad absurda de decisiones cotidianas y esa sensación tan contemporánea de que siempre podríamos estar aprovechando mejor el tiempo.

El resultado es extraño:

nuestro cuerpo puede estar quieto mientras nuestra atención sigue corriendo de un lado para otro.

El cansancio de estar pendiente de demasiadas cosas

Hay una forma de cansancio que no se arregla simplemente tumbándote.

Porque no viene únicamente de haber hecho muchas cosas.

A veces viene de haber estado pendiente de demasiadas cosas.

Y no es exactamente lo mismo.

Puedes pasar una tarde sin salir de casa y llegar a la noche con la sensación de no haber parado.

Has contestado mensajes.

Has mirado correos.

Has pensado en lo que falta.

Has cambiado de una tarea a otra.

Has consultado algo.

Has recordado otra cosa.

Has añadido tres pendientes.

Y entre medias has consumido información sobre noticias, recetas, política, famosos, reformas de cocinas y una mujer que vive en Dinamarca y dobla las sábanas bajeras de una forma impecable.

Todo antes de cenar.

Normal que la cabeza diga basta.

Descansar no siempre significa no hacer nada

Aquí hay algo que me parece importante.

A veces pensamos que para descansar deberíamos quedarnos quietas, poner la mente en blanco y alcanzar una especie de serenidad inmediata.

Y si lo consigues, maravilloso.

Pero hay personas a las que decirles «no pienses en nada» les provoca inmediatamente la necesidad de pensar en aproximadamente cuatrocientas cosas.

Por eso me interesan tanto las actividades sencillas que ocupan la cantidad justa de atención.

Colorear.

Escribir a mano.

Hacer collage.

Cocinar.

Ordenar fotografías.

Regar plantas.

Montar un puzzle.

Tejer.

Dar un paseo.

Cualquier cosa que permita que durante un rato haya una sola cosa delante.

No porque vaya a transformar tu vida.

Sino porque quizá tu cabeza agradezca no tener que cambiar de canal cada treinta segundos.

Quizá necesitamos menos estímulos, no más soluciones

Una de las cosas curiosas de nuestra época es que, cuando estamos saturadas, buscamos información sobre cómo dejar de estar saturadas.

Vemos vídeos.

Guardamos publicaciones.

Escuchamos podcasts.

Descargamos aplicaciones.

Compramos un cuaderno.

Nos apuntamos siete consejos.

Y de pronto descansar también tiene un método.

No digo que todo eso no pueda ayudar.

Pero a veces la solución más interesante es mucho menos sofisticada:

quitar cosas.

No añadir.

Cerrar una pestaña.

Dejar el móvil un rato en otra habitación.

Hacer una sola cosa.

No escuchar nada mientras caminas.

No responder inmediatamente.

No aprovechar esos diez minutos.

Permitir que haya un pequeño espacio vacío sin correr a llenarlo.

Puede parecer poco.

Precisamente por eso cabe en una vida real.

No todos los minutos tienen que servir para algo

Este me parece uno de los grandes problemas de la vida moderna.

Nos hemos acostumbrado a medir el tiempo por lo que producimos dentro de él.

Una tarde tiene que aprovecharse.

Un hobby debería enseñarnos algo.

Si caminamos, podemos escuchar un podcast.

Si cocinamos, ponemos un vídeo.

Si hacemos ejercicio, contamos pasos.

Si leemos, anotamos cuántos libros llevamos este año.

Incluso descansar parece necesitar resultados.

Dormir mejor.

Ser más productivas.

Concentrarnos más.

Reducir el estrés.

Estar mejor mañana.

¿Y si algunas cosas no tuvieran que servir para nada?

Colorear porque te gusta.

Salir a pasear porque hace buena tarde.

Sentarte en una terraza y mirar pasar a la gente.

Escribir una carta que no conduce a ningún objetivo.

Hacer algo regular, torcido, mediocre o completamente inútil.

Hay una libertad bastante grande en hacer algo sin convertirlo en un proyecto de mejora personal.

Cómo bajar el ruido mental en la vida cotidiana

No creo demasiado en las listas de quince hábitos que supuestamente deberíamos incorporar todos los días.

Ya tenemos suficientes listas.

Pero sí hay pequeñas cosas que pueden bajar un poco el volumen.

Deja algunos huecos sin rellenar

No todos los tiempos muertos necesitan entretenimiento.

La próxima vez que esperes cinco minutos, prueba a no sacar inmediatamente el teléfono.

No tiene que ocurrir nada extraordinario.

Ese es precisamente el punto.

Haz algo con las manos

Las actividades manuales tienen una cualidad maravillosa: nos devuelven a lo que tenemos delante.

Una página.

Un lápiz.

Una aguja.

Una masa.

Unas tijeras.

Algo concreto.

Algo que puedes tocar.

Durante un rato, eso basta.

Haz una cosa cada vez que puedas

No siempre será posible.

La vida real incluye interrupciones, niños preguntando cosas y lavadoras que pitan en el peor momento.

Pero cuando puedas elegir, prueba a hacer una sola cosa.

Comer sin mirar otra pantalla.

Caminar sin escuchar nada.

Colorear sin tener la televisión puesta.

Hablar con alguien sin dejar el móvil delante.

Son gestos pequeños.

Pero la atención también se recupera de forma pequeña.

Recupera algo que hacías antes

Antes de tener el teléfono permanentemente en la mano, hacíamos cosas en esos huecos.

Leíamos revistas.

Garabateábamos.

Mirábamos por la ventana.

Escribíamos.

Hacíamos pasatiempos.

Quizá no necesitas encontrar un hobby nuevo.

Quizá puedes recordar uno antiguo.

Una vida con menos ruido no tiene que ser una vida lenta

Esto también me parece importante.

No necesitas mudarte al campo.

Ni cultivar tomates.

Ni levantarte al amanecer.

Ni tener una casa beige con una mesa de madera preciosa en la que desayunas con una taza artesanal.

Puedes tener trabajo.

Familia.

WhatsApp.

Una agenda bastante llena.

Vivir en una ciudad.

Llegar tarde algunas veces.

Comer cualquier cosa encima de la encimera un martes.

Y aun así intentar recuperar pequeños espacios en los que la vida no llegue tan fuerte.

No se trata de escapar de la vida moderna.

Se trata de decidir qué partes de ella quieres dejar entrar todo el tiempo.

Menos ruido. Más vida real.

Probablemente no vamos a volver a un mundo sin notificaciones.

Tampoco creo que haga falta.

La tecnología nos facilita demasiadas cosas como para convertirla en enemiga.

Pero quizá sí podemos recuperar algo que hemos ido entregando poco a poco:

nuestra atención.

Elegir qué estamos haciendo.

Estar un rato en una sola cosa.

Dejar algunos minutos sin llenar.

Volver al papel.

Hacer cosas con las manos.

Tener conversaciones que no ocurren mientras miramos otra pantalla.

Hacer algo simplemente porque nos apetece.

No parece revolucionario.

Y quizá esa sea precisamente la gracia.

Porque una vida más nuestra probablemente no empieza cambiándolo todo.

Empieza bajando un poco el volumen.

Si tú también sientes que hay demasiado ruido

En Menos ruido escribo sobre vida moderna, móvil, atención, creatividad, papel, cansancio mental y esas pequeñas cosas que podemos recuperar sin convertir nuestra vida en otro proyecto que gestionar.

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